Un viaje maravilloso

Según San Google, hoy celebramos el 200° aniversario del nacimiento de Charles Dickens.  Y a mí no podría importarme menos. Las obras de Dickens me aburren, y no le veo mayor interés que el de ver como los ciudadanos de uno  de los países más ricos de su tiempo vivían casi a la par que la mayoría de los países del tercer mundo actualmente, y comparar como gracias a los avances científicos hoy viven de una forma que los habitantes de la época victoriana no podrían calificar sino de un paraíso sobre la Tierra. Luego nunca faltan los zopencos que rebuznan que la ciencia no ha logrado más que denigrar al ser humano.

Pero zopencos al margen, esta fecha me recordó al que creo, ha sido uno de los libros que más ha influido en mi vida:

El maravilloso viaje de Nils Holgersson

Lo leí a los doce años y a esa edad no era amante de la literatura precisamente. De hecho comencé a leerlo por obligación. Me explico. Las clases eran aburridas. La mayor parte del tiempo fui víctima del sindicalismo magisterial. Ese que protege a los maestros pero que no se preocupa en lo más mínimo por la calidad de la educación que los niños recibían. Y la Secretaría de Educación no es que tuviera prisa por cambiar la situación. Un sistema educativo muy mediocre que subsiste hasta hoy. Solo unos pocos maestros pueden salvarse de ser incluidos en esa situación. Y ese método en boga hoy en día de que es el alumno el que debe procurar buscar el conocimiento y el profesor es solo un guía, pues casi desde siempre se ha aplicado en México, pero básicamente porque a los alumnos no les quedaba de otra. Además de que nos faltaba el guía.

Claro, que los propios alumnos y los padres también ponen de su cosecha para que esto continúe. Los míos al menos no leían casi nada. Y cuando lo hacían, mi papá leía la biblia y el misal, y mi madre un libro de cánticos cristianos. Aunque para ser justos, ellos provenían de zonas rurales donde el éxito educativo consistía en saber escribir tu propio nombre, así que puedo decir que el que mis padres pudieran leer tan fluidamente, y textos no precísamente sencillos, ya era un gran logro personal para ellos. El problema era que muchas veces me obligaban, y entre eso y las tareas de la escuela, me aburría soberanamente. Paradójicamente, casi una década después leería la  biblia, enterita, por propia voluntad. Sería el primer paso para lo  que luego sería mi aceptación del ateísmo. Tal vez hable de eso en otra ocasión.

El punto es que cuando tenía un tiempo libre me dedicaba a vagar, jugar a las “maquinitas” (recreativas les llaman algunos) o cualquier actividad que no implicara leer demasiado.  Estaba hasta la madre de las letras. Pero tenía que ir a la escuela. Así que a joderme y seguir leyendo, que si reprobaba, pues tenía muy vívidos los recuerdos de la última “cinturoniza” que me dio mi santo padre por sacar malas calificaciones.

Mi maestra Naidenova, de la clase de Español, nos dejó como trabajo hacer una crítica de uno de los libros de la biblioteca de la escuela con plazo de entrega de tres semanas. A escoger cualquiera que quisiéramos. Y representaba el treinta por ciento de la calificación. Y como era de esperar de alguien que  no apreciaba mucho la lectura, fui a la caza del libro más pequeño que había: El Principito de Saint Exupéry. Este libro tuve que releerlo de adulto, para descubrir el encanto que de adolescente no pude apreciar. Pero uno de mis compañeros fue mas rápido y me lo ganó. Lo cual tampoco le sirvió pues la maestra le ordenó escoger otro.

Yo mientras me dirigí a otro libro cuya portada había llamado mi atención: El maravilloso viaje de Nils Holgersson de Selma Lagerlöf. No era muy grande y tenía “dibujitos”, así que muy aburrido no podría estar. La portada difería de la que  he puesto en este entrada, pero eso no importa.  El primer capítulo lo terminé rápidamente, y debo decir que me enganchó. Parecía casi una fábula de Esopo.  De inmediato te interesaba saber que pasaría con el majadero  Nils. Yo quería que algún animal le partiera su madre, pero entonces el libro habría acabado en el primer capítulo. Pero ver como empieza su viaje montado en un ganso me maravilló por alguna razón que aún no logro entender. Había visto cosas más impresionantes en la televisión.

Supongo que es la narración lo que encendió ese interés en mi. La descripción de ese momento mágico que pronto hace trabajar tu imaginación, y hasta cierto punto sentir esas ráfagas de viento sobre tu rostro, y la emoción de ver el suelo alejándose de tus pies. Era el inicio de un gran viaje. Un viaje maravilloso. No hablo del pequeño Nils. Hablo de mí.

Cada cosa me fascinaba.  La descripción de los paisajes, los lugares y los personajes. ¡Oh, los personajes! Cada uno tenía su  historia. Cada uno, aunque relacionado, era a la vez independiente del protagonista. Como deseaba que Esmirra la zorra recibiera su merecido en cada aparición. Como admiraba el valor y tenacidad del débil Martin. La sabiduría de Okka y la gran humanidad que demostró al criar al polluelo de sus mayores depredadores. ¿Seré yo el único ridículo sentimental que lloró con la historia de Asa la guardadora de patos y el pequeño Mats? Y eso que como cualquier preadolescente de esa edad, consideraba las lágrimas cosa de niñas. Karr y Pelo Gris que me transmitieron una historia de heroísmo que opacaba a los  insulsos Thundercats que habían sido mis favoritos solo una semana antes. Pero el viaje de Nils tenía que terminar. Y tanto él como yo nos entristecimos por ello. Pero mi viaje apenas comenzaba. Un mundo se había abierto para mí. Y espero que mi viaje no tenga retorno.

Muchas cosas han pasado desde entonces, y he vuelto  a leer este hermoso libro un par de veces. Cierto, la emoción que me transmitía con sus maravillosas historias ha disminuido. Supongo que se debe a esa pérdida de la inocencia infantil, que una vez perdida jamás volvemos a recuperar. Pero la  nostalgia de aquellos primeros momentos aún permanece. Si  algún día tengo hijos, espero transmitir ese amor por los libros que la obra de Lagerlöf me transmitió a mi.

Si algún día tengo hijos, sé cual es el primer libro que quiero leer con ellos.